El talento no tiene fecha de caducidad, y el amor por la adrenalina del partido, tampoco. Cada vez es más frecuente que los aficionados de las ligas locales se queden boquiabiertos al ver saltar a la pista a exjugadores que hace unos años llenaban pabellones en la máxima categorÃa profesional o en competiciones europeas.
Lejos de retirarse a los campos de golf, muchas de estas leyendas buscan la desconexión y el disfrute inscribiéndose en equipos senior con sus amigos de la infancia o antiguos compañeros de vestuario. Aunque las rodillas ya no les permitan machacar el aro y el ritmo de juego sea más pausado, verlos jugar es una clase magistral de fundamentos: posicionamiento en la pintura, pases ciegos imposibles y una lectura del juego que va tres segundos por delante del resto. Para el jugador amateur, enfrentarse a ellos es un regalo y una anécdota para contar toda la vida; para el exprofesional, es volver a sentirse plenamente vivo.
Esto es una realidad que no todos los deportistas profesionales pueden hacer, ya que algunos de ellos no están fÃsicamente bien y padecen lesiones crónicas fruto de largas carreras deportivas y del uso de material deportivo de peor calidad que el que tienen ahora todos los complementos.